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Guardias para no olvidar

          Tras mucho tiempo sin poder sacar un rato de mi apretada agenda para contaros algo, tuve una guardia hace unas semanas que se merecía inevitablemente que escribiera al respecto.

          Hablemos de las guardias, aquellos momentos de la vida del residente que pueden ser maravillosos (léase que te toquen muchos partos espléndidos con perinés íntegros, todas las matronas haciéndote la ola, enhorabuenas por doquier...esas cosas que tanto pasan...en tus sueños) o bien te hunden en la miseria y te dejan muerta física y psicológicamente para una semana. Pues bien, yo claramente tuve una de las segundas.

          El día empezó bien, teníamos a dos mujeres a las que se les estaba induciendo el parto, estaban con unos 4 cm de dilatación y una buena evolución... en definitiva la cosa no pintaba mal. Pero tras pasar toda la mañana en paritorio, vimos que se quedaron estancadas en la misma dilatación (la cosa empezaba a enturbiarse peeeero, hay que dar un voto de confianza o los que hagan falta, que siempre nos podemos sorprender con el mundo de la obstetricia). Seguían pasando las horas, y las mujeres parecía que iban en retroceso, bromeábamos sin maldad diciendo ¡que por la boca saldría antes el bebé que por su sitio!. De estas veces que si te descuidas el test de embarazo les acaba saliendo negativo...ya me entendéis. Si esto es desmotivador para nosotros que estamos trabajando, ni me quiero imaginar para las pobres mujeres que están ahí aguantando hora tras hora sin ver una evolución, santa paciencia. En esos momentos creo que en las clases de preparación al parto deberíamos trabajar con ellas también el desarrollo de ésta para que no pierdan el ánimo, que tan importante es en este proceso.

          Pero si con esto no tuviera hecho ya el día, a mitad de la tarde llegó la guinda del plato, una mujer tercigesta en periodo expulsivo. Si, puede parecer un regalo caído del cielo, también yo pensé lo mismo pero... no todo fue tan bonito. La chica había tenido dos partos anteriores sin epidural, le habían hecho una episiotomía en uno de ellos y en otro tuvo un desgarro de segundo grado. El peso del bebé se lo habían estimado bajo, de hecho estaba derivada a alto riesgo por que al parecer venía pequeña; en cualquier caso ahora estaba ahí empujando como una campeona, sin epidural de nuevo (la pidió a gritos como casi todas en esa situación, ¡pero no daba tiempo ya a nada claro!), y con pinta de que iba a acabar muy bien, o al menos esa ilusión mantenía yo. Justo cuando la cabeza de la pequeña estaba coronando, ¡nos dimos cuenta de que era una cabezoncilla! que venía bastante más grande de lo que nos esperábamos y que además venía con una circular de cordón al cuello muy difícil de rechazar. La chica se subió a la cama a la hora de dar a luz y viendo que iba a ser pequeña no echamos hacia abajo la parte inferior de la cama, no parecía que hiciera falta, pero en ese momento me empecé a acordar de la madre que me trajo al mundo. ¡Que trabajo me costó que salieran esos hombros por favor!. Después de todo, el desgarro que se hizo fue de primer grado (podría haber sido peor), solo que era alargado hacia abajo y nos dimos un pequeño sustillo por el tema de esfínteres, pero quedó en nada, todo estupendo. El problema real vino a la hora de alumbrar.

          Hicimos un alumbramiento dirigido con oxitocina intravenosa, la placenta empezó a descender sola lentamente, y empecé a realizar la maniobra de tracción y contratracción recomendada a la vez que la misma mujer iba empujando cuando tenía la sensación leve de pujo. Justo en ese momento en el que la placenta sale noto una resistencia muy grande. Oh, oh... no tires, ¡no tires! me estaba diciendo a mi misma. Ahí me quedé, con la placenta en la mano al lado de la vagina, dándole una y otra vez vueltas y más vueltas pero aquello no se desprendía ni a la de tres. Empecé a realizar masaje uterino, a dar más vueltas...pero nada. Seguí con toda la paciencia que pude sacar en mi labor hasta que en una de estas empiezan a salir las membranas y ¡clack!, a la mitad las membranas se desgarraron. Me quedé con la placenta en la mano, un trozo de cordón y el resto dentro. Que no cunda el pánico, estas cosas pasan me decía, vamos a solucionarlo. En ese momento cogí mi pinza y comencé a buscar el cabo de las membranas en la vagina hasta que dí con él, en ese momento seguí realizando la misma maniobra de antes, masaje uterino, fui envolviendo las membranas sobre ellas mismas con la pinza, pero cada vez que iban saliendo, se volvían a desprender. De nuevo la misma historia una y otra vez hasta que en una de ellas, me dió la impresión de que no se habían vuelto a desgarrar las membranas. No obstante, seguí revisando pero no veía ningún cabo; también revisé que la placenta estuviera bien y que las membranas estuvieran todas fuera, pero no vi nada que me llamara la atención (¿o mi subconsciente no quiso verlo?).

          La matrona que estaba conmigo, seguía observando las membranas y la placenta, y no conforme con lo visto exploró ella la cavidad, pero tampoco vio nada. En ese momento he de confesar que yo pensaba "claro, si yo acabo de mirar y no había nada sospechoso". Pues bien, fruto de su experiencia dudó, y acabó avisando a la ginecóloga de guardia que en cuanto llegó se puso a realizar una extracción manual del contenido uterino (imaginaos a la pobre mujer, sin epidural y sin ningún tipo de anestesia, lo que pasó en ese momento...). Et voilá, quedaban membranas, un buen trozo más pudo sacar con la mano y como ya no llegaba al fondo uterino porque la pobre chica se retorcía del dolor, acabaron llevándola al quirófano para hacerle un legrado obstétrico. Una vez en quirófano salió un trozo muy pequeño de membrana, casi insignificante, pero había que llevarla por si acaso, como era lógico.

          ¿Qué pasó entonces?, que un cúmulo de emociones vinieron sobre mi. Lo primero que sentí fue rabia, porque el parto podría haber salido estupendo, porque todo pintaba genial y al final la cosa se tuvo que torcer. Lo segundo que vino a mi fue culpabilidad, me sentía totalmente culpable de que no hubiera ido bien, no paraba de pensar, pobre mujer... Y lo último, que además me hizo estallar en llanto (si, ya necesitaba descargar del todo), fue la sensación de ser una mala profesional. Pensando fríamente puede que no pudiera hacer nada para evitar que se produjera una retención de membranas, puede que no pudiera evitar que acabara en quirófano, pero no era eso lo que me comía por dentro, lo que tenía es que había pensado inconscientemente más en mi que en mi paciente. En ese momento en el que estaba revisando la cavidad, tendría que haber confiado menos en mi misma, ser consciente de mi inexperiencia, mantener más la humildad, y recurrir a una ayuda externa tras analizar la situación. No fui objetiva, y ahí estuvo el gran fallo. Lo bueno de todo ¿sabéis que es?, que tras el mal rato que pasé, comprendí que era necesario que pasara todo aquello para llevarme la mejor lección de ese día. Se humilde, duda cuando tengas que dudar, confía en ti cuando la situación requiera de seguridad y confianza en ti misma, y recuerda por siempre, que no hay momento para dejar de aprender. 

          Nunca se llega a saber todo, siempre hay nuevas fronteras, nuevos caminos, siempre puede torcerse una situación aunque creas que la tienes controlada, siempre hay que estar alerta porque nunca tendremos todo bajo control. Y todo esto, es lo que me hace sentir al lado opuesto de todo lo que viví en aquella guardia, me hace tener muchas ganas de seguir avanzando como profesional y como persona. Es lo bueno de esta profesión, que cuando menos te lo esperas pasa algo que te hace poner los pies sobre la tierra y seguir madurando. Es una de las cosas que más me gustan y que me mantienen unida a este mundillo. Es por todo esto, que amo mi profesión a pesar de todas las dificultades y los malos ratos, me gusta lo que hago y seguiré disfrutando con todo lo que se que llegaré a hacer.

          Y ahora, solo nos queda seguir cayendo en estas pruebas cuando menos las esperamos, pero con un propósito claro y constructivo, seguir aprendiendo de por vida.

          Gracias por leerme y aguantar mis tochos, jeje, espero que os haya servido de reflexión.


          Hasta la próxima amigos!! :)

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María José Avila Perez
Enfermera y matrona. Amante de los viajes, soñadora nata y coleccionista de pequeños detalles.

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